Pesadez
En el rincón agrio los ángeles de diez alas, salen como decoración, que arrastra el ensangrentado camino al pueblo del olvido. Abundan los hombres despojados de título, no se refieren entre sí, solo señalan con sus dedos. Desprovistos de identidad en una lluvia de cenizas, el cielo susurra alegorías burdas y los niños toman al extraño que pasmado se le guía por la gris montaña de ciempiés enrojecidos y arañas arbóreas.
En este lugar esperan el cataclismo, juegan los pequeños con el hombre demacrado, roca tras roca el cielo casi abraza su espalda cubierta en plasma, que socorre sus heridas con la fe de un arzobispo. Los pequeños encuentran huesos, ofrenden corazones secos, uvas añejadas en pozos pintarrajeados por el moho. Se extiende la montaña entre árboles sin techo, los arbustos de frutos cuyo aspecto es, como los ojos de un perro. La vigilancia constante de los frutos, de la tierra que emana espeso manto blanquecino, aliento de difuntos. Los crepúsculos hablan con pesadez, cuentan la historia en un idioma desconocido, balbucean serpenteando. El cielo late al mismo tiempo que los escurridizos del pueblo visten con plumas al forajido, con alas de palomas grises, y ropajes de piel de ángel, las rocas le susurran “falta poco”.
Allí tocando la piel de las nubes ennegrecidas, los pequeños recitan cánticos agudos, que curvan la paz y la tensión. Frente al extraño un monumento geo construido cuyas muescas, cortes y ornamentos lo asemejan a un trono. Los pies que fluyen en su sangre, marcando una línea, le llevan tropezándose con subidas, hacia la comodidad de las piedras con brillos argentas. Frente a su mirada, un pueblo diminuto, que como hormigas se para frente a la montaña. El cielo exclama de nuevo con estruendos que arrasan con algunos árboles, ahora brillando en naranjas fuertes. El idioma sin descifrar, solo alaridos de algo intangible para las manos del hombre, apacible sobre las piedras afiladas.
Los niños siguen moviéndose de un lado a otro, bailando con cintas moradas, blancas y verdes. Detrás del grupo de pequeños danzantes, un par, gemelos cuyas manos desfilan con una piedra, más brillante que cualquiera ante sus ojos. La misma está atada en un cintillo de raíces de los árboles sin techo. Al postrarse frente al visitante, con una sonrisa colocan sobre su frente aquella ofrenda. Destellando, sus facciones elevan las miradas de todos, en un espectáculo que vulnera sus visiones. El forajido brillante descansa con la cabeza siendo resguardada por su hombro, en sus manos flores tristes, en su espalda plumas de aves muertas, en su cuerpo la piel de los ancestros, en su frente el alma que nunca tuvo.
Un rayo expulsado de su corona abre las nubes, un chirrido desgarrador que se asoma por cada espacio, cada hogar, cada pensamiento. Por varios segundos hasta que el silencio, reemplazado por las secuelas del estruendo entrevén un amanecer, donde el sol parece irrumpir entre la gran montaña, los árboles dejando ver por primera vez al pueblo del olvido.
Nombres, cuerpos, rostros, finalmente resueltos.